Rosa Mary en Gatlang.

     Siempre había querido viajar a Nepal, pero lo que jamás imaginé es que realizaría un viaje tan especial. Han sido unos días inolvidables, en compañía de una gran amiga, Blanca, y su hija Leire, y por supuesto, de Alfonso, el “angel” de la asociación, y que sin él, esto jamás habría sido posible. En el viaje ha habido de todo, momentos llenos de emoción, y también muchas risas y cansancio, pero, por encima de todo ello, destacaría el contacto con la gente, con los niños, que es un recuerdo que aun sigue vivo en mi memoria.

     Estuvimos un par de días en Kathmandú, visitando la ciudad y los alrededores y ya allí pudimos comprobar la belleza de este país y la amabilidad de sus gentes, que, a pesar de su evidente pobreza, siempre tienen una sonrisa en los labios.

      El tío de Meena, Milan, vino a recibirnos a Kathmandú, y en su compañía y la de otro joven, salimos una mañana temprano en el 4x4 en dirección a las montañas.

     Antes de llegar al valle, paramos por el camino en un pueblo importante, Dunche, para visitar a los niños de nuestra asociación, casi una decena, que actualmente se encuentran en su internado.

     Después de 11 horas de infernal carretera, llegamos a un lugar que parecía de película, un hermoso valle rodeado de algunas de las montañas más altas e impresionantes del mundo, el valle del Chilime Khola.

      Allí es donde se encuentran los pueblos donde tenemos los niños apadrinados. Unos pueblos perdidos en el tiempo, aislados del mundo, entre otras cosas, por la dificultad de llegar hasta ellos, pero que, precisamente por eso, conservan toda su esencia milenaria.

     Nuestro “cuartel general” estaba en la casa de Milan, en Chauhattar, donde fuimos recibidas con todo cariño por sus dos esposas Karma y Kayla, que, curiosamente, cuando se me ocurrió preguntar el significado de sus nombres, el de Karma es Blanca y el de Kayla es Rosa, en el dialecto tamang, lo que provocó no pocas risas y situaciones divertidas, sobre todo con el tío Milan, porque, al coincidir nuestros nombres, decía que ahora tenía 4 esposas.

     A la mañana siguiente de nuestra llegada, empezaron a llegar visitas de los diferentes pueblos, madres con sus niños, que venían a saludarnos. Ese mismo día, nos vestimos con los trajes típicos tamang, y pasamos un buen rato, mientras nos íbamos aclimatando al lugar.

     Nuestra primera visita, la hicimos a Gatlang, acompañados por el padre de uno de los niños que está en el internado de Dunche, que nos sirvió de porteador, ya que íbamos llenos de ropa y regalos, que los padrinos enviaban, así como medicinas para abastecer la clínica y material de colegio.

     Para mi era un día muy especial. ¡Por fin conocería a mi niña, Anju! Desde que entramos en el pueblo, salían niños por todas partes, que con grandes sonrisas y después de saludarnos con su ¡Námaste! nos decían “foto, foto”, y cuando las miraban en la cámara, reían felices al verse reflejados en ellas.

    Y llegamos a la plaza donde se encuentra la clínica y el edificio de la comunidad. Allí había muchos más niños, con sus madres o abuelas, que igualmente nos recibían muy contentos.

   Saludamos a Nima, el enfermero que lleva la clínica, y empezamos a organizar el reparto de la ropa y los regalos. Nima había enviado a buscar a Anju, y para mi fue muy emocionante conocerla y poder abrazarla y besarla. A partir de ese momento, hasta que nos marchamos del pueblo, no se separó de mi.

     Fueron momentos inolvidables, mirando las caritas de esos niños, y pensando en lo poco que tienen y las pequeñas cosas que les hacen felices. Ahí es donde uno se da cuenta de la tremenda dimensión que adquiere la asociación, ya que con nuestras aportaciones, podemos darles un futuro digno y una esperanza para sus pueblos, tanto en educación como en sanidad.

     La despedida fue triste, ya que me costaba separarme de aquella niña a la que, incluso antes de conocerla ya le tenía gran cariño.

    Al día siguiente fuimos a Goljung, y allí aunque no vimos tantos niños por la calle, fuimos igualmente recibidos con muestras de cariño por parte de los padres de los apadrinados, a los que visitamos en sus casas, y que se desvivían por agasajarnos con lo poco que tienen, unos huevos cocidos y una taza de te.

     El resto de nuestra estancia en el valle, lo pasamos entre nuevas visitas que nos hacían a la casa de Milan y momentos compartidos con la familia, ya que nos sentíamos como si perteneciéramos a ella, y las veladas en la cocina, a veces sólo con la luz del fuego, porque la eléctrica dejaba de funcionar.

     Es muy difícil resumir en unas líneas tantos sentimientos y emociones, tantas vivencias experimentadas en este viaje, pero espero haberos transmitido un poco de las sensaciones que allí se viven, junto a esas gentes que están tan cerca del cielo rodeados de unos de los paisajes más maravillosos del mundo.

    Mi agradecimiento a Alfonso, por enseñarme un Nepal muy diferente al que ven el resto de los turistas y a todas las personas que he conocido en ese bello país, al que espero regresar en un futuro.

¡¡Námaste!!

Rosa Mary

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