Blanca y Rosa Mary en Chauhattar.

No creía que mi viaje a Nepal iba a dejar una huella tan fuerte en mí.

He tenido la suerte de convivir con una etnia que vive cerca del cielo.

A unos 10 kilómetros del valle del Langtang, al norte de Kathmandu, en un remoto valle, vive el pueblo Tamang.

La etnia Tamang representa una mínima parte de la población nepalesa.

Vive concentrada en el pequeño valle del Chilime Khola.

Llegaron hace más de 3000 años, procedentes del cercano Tibet.

La frontera está a menos de 9 kilómetros. La mayoría practica el budismo y tienen su propia lengua y costumbres.

Después de más de diez horas de viaje, subiendo y bajando montañas por casi inexistentes caminos y precipicios que no tenían fin, (un reto para mi vértigo) llegamos al valle del Langtang.

Sólo nos quedaba un pequeño trecho para llegar a Chauhattar, el lugar donde nos alojaríamos.

Nada más llegar nos dimos cuenta de la gran amabilidad de los Tamang.

Ahí estaban nuestros anfitriones, Milan y sus esposas Kharma y Kaila a la entrada de la casa. Lo primero que hicieron fue colocarnos un pañuelo al cuello y con una reverencia, uniendo las manos, pronunciaron la palabra NÁMASTE, que significa “saludo a la divinidad que hay en ti”.

Nos trataron como a uno más de la familia y con ellos compartimos momentos inolvidables.

Al llegar de noche no pudimos apreciar la belleza del lugar.

La sorpresa la tuvimos nada más levantarnos.

Teníamos delante la cordillera de los Himalayas, y el gigantesco Lantang al frente.

Con más de 7.000 metros de altura y nieves perpetuas, el paisaje era impresionante.

Nunca había sentido tan cerca el cielo, como en aquel lugar.

Después del largo viaje en 4x4 necesitábamos un descanso, por lo que decidimos dar un corto paseo para aclimatarnos a la altura, conocer los alrededores de la aldea y preparar la siguiente visita.

Nuestro objetivo era acercarnos a las aldeas más próximas.

A primera hora salimos hacia el pueblo de Gatlang, el más poblado del valle.

Llevábamos medicinas al pequeño dispensario y también ropa de abrigo para los niños apadrinados por la Fundación Meena Ghale.

Gracias a ella se han puesto en marcha el dispensario, la guardería y se han apadrinado a más de 75 niños Tamang.

Pasadas dos horas llegamos a Gatlang. Parecía una postal, con sus casas de piedra y techos de pizarra, rodeada de pequeños bancales de un luminoso verde. Eran cultivos de arroz en pleno esplendor.

El arroz es la base del alimento de los Tamang.

Entramos en otro mundo. El tiempo se había detenido.

Mujeres y niños visten con sus trajes tradicionales, como hace siglos.

El recibimiento fue apoteósico, aparecían niños por todos los rincones.

Nos seguían, saludándonos con una reverencia, uniendo sus manitas y susurrando un alegre NÁMASTE.

Así, rodeados de pequeñas caritas resecas por el sol y el frio, llegamos a la pequeña plaza donde se encuentra la guardería y la enfermería. El pueblo era una fiesta. Después de dejar las medicinas empezamos el reparto de ropa a los agraciados

No podía creer lo que estaba viendo. Todos los niños formaditos en fila, esperando su bolsita de ropa y una pequeña donación para la familia.

Los que no tenían la suerte de tener un padrino se conformaban con unos lápices y un par de caramelos (igual que nuestros niños).

No quiero imaginar a esas criaturas sin ropa de abrigo, ni calzado, en los duros inviernos, con más de dos metros de nieve a su alrededor.

Con el corazón encogido nos despedimos de Gatlang y de sus niños. Nos quedaba una larga ascensión, antes del anochecer, hasta Chaurhattar.

A la mañana siguiente acudimos a la aldea de Goljung. Allí no tienen guardería, ni dispensario, por lo que visitamos las casas de los niños apadrinados.

El panorama era el mismo. Madres agradecidas y niños alegres, que nos ofrecían lo poco que tenían, huevos cocidos y te.

En la cuarta visita no quedó más remedio que rechazar la invitación. Con mucho respeto, y alegando dolor de estómago, salíamos del compromiso.

Otra vez la sensación de impotencia. Lo que necesitan esos niños es tan poco que da vergüenza: medicinas, educación y ropa .

Ni médicos, ni maestros quieren trabajar en este valle tan hermoso, pero tan alejado de la civilización.

Gracias a la Fundación Meena Ghale se van consiguiendo cosas, pero hemos dejado niños que nos necesitan.

Vivir cerca del cielo tiene sus inconvenientes.

Por eso mi despedida fue: NÁMASTE: “SALUDO A LA DIVINIDAD QUE HAY EN EL PUEBLO TAMANG, EN REALIDAD EN TODOS LOS PUEBLOS…

Blanca.

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